El teatro en mi vida

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Empecé a hacer teatro desde niña.

Yo era una niña extremadamente tímida, de esas que se esconden para que no las vean y que se ponen rojas cuando les hablan.

En escena, podía salir de mi caparazón, me sentía libre, era un lugar seguro y mío.

Pude moverme con total libertad, saltar y bailar.

Pude sacar mi voz apagada y gritar como nunca nadie me había oído, ni siquiera yo misma…

La gente no me reconocía, veían otra niña, porque de repente, existía.

Gracias al teatro y a mi trabajo como actriz pude existir, aunque solo fuera durante unas horas en escena.

Cuando empecé a enseñar teatro y a estar del otro lado, fuera de la escena y observando, poco a poco y con los años, fui viendo mi vida.

Trabajando y mirando a mis alumnos, me veía a mí misma, reflejada en seres frágiles como somos todos nosotros. Me descubría y entendía.

Al ayudarles a desbloquearse y a sentirse libres en escena, me estaba ayudando y liberando a mí misma.

Al dirigirles, dirigía mi vida. Recuperaba mi vida, me recuperaba, me curaba, me reconciliaba.

Mis alumnos siempre han admirado de mí mi capacidad humana de entenderles y saber llevarles donde ellos se sentían bien. Así que, sin querer, mi teatro ha sanado a personas y les ha servido como terapia. Y a mí también. He conocido y sentido personas, sobre todo mujeres, únicas y ejemplares. Mujeres que, como yo, se sentían pequeñas y se han liberado hasta poder ser ellas mismas. O mujeres que con 70 años por fin podían hacer lo que les diera la gana y ser ellas mismas. Ese reflejo constante se ha ido retroalimentando y creciendo para llegar a vivir el teatro como una experiencia vital, liberadora y de placer. El teatro como una nueva familia, familia de vida, familia teatral.

Para mí, el teatro es el espacio ideal para que la mujer goce de su libertad plena.

El teatro como instrumento para sanar las inseguridades y liberar la potencialidad escondida de la mujer.

Desbloquear nuestro ser.

Ser la que nunca nos dejaron ser. Nunca es tarde.

Todo es posible en el teatro, puedo ser yo misma, o no… la gran paradoja del teatro.

Leonor.

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