La hija. Las Nietas.

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La hija. Las Nietas.

 

Del 14 al 17 de octubre se ha celebrado en Las Rozas de Madrid La Feria del Libro, auspiciada por su ayuntamiento, en la que participan las pequeñas librerías de barrio que aún quedan por la zona y que pese al paso del tiempo, de la digitalización, de la crisis económica y sociosanitaria que acontece, sobreviven, no sin dificultades, amparadas siempre por fieles amantes de la lectura. Lectores que ojean con el tacto y leen con el olfato ese bello aroma de libro recién estrenado. Libros que nos transportan a mundos imposibles, lejanos, inexistentes, pasados, inciertos… Libros que nos transforman en seres reales o mágicos, valientes heroínas, tiranos, personajes históricos… o en meros observadores o acompañantes de sus protagonistas. Libros en los que la realidad se hace sueño. En cualquier caso, libros que nos hacen libres.

 

Hoy he ido acompañada por Julia, mi pequeña de siete años.

 

A este evento se sumaba una oferta musical que a lo largo de estos días acoge a los “virtuosos del alma”, músicos de la banda de música y escuela municipal que en uno de los momentos han interpretado una melodía conocida por muchos y personalmente significativa para mí. La Pantera Rosa.

 

Entonces, he viajado a los sábados de mi infancia. Sábados en los que como este, compartía con mi padre intensas mañanas de teatros, museos, paseos por el centro de Madrid. Mi actividad favorita era la del sábado de la librería. Nos sumergíamos sin control temporal alguno en estanterías repletas de vida a través de páginas e historias contadas a través de este formato. Recuerdo mi primer ejemplar de El diario de Ana Frank, o de Drácula de Bram Stoker. Lo que daría por revivir esos instantes unos segundos una vez más, solo una vez más.

Recuerdo cuántas veces posteriormente, ya huérfana, adolescente, he vagado en solitario por las mismas librerías en busca de recuerdos, en busca de otras vidas o de la mía propia.

 

Gracias a mi padre, a mi madre, he crecido rodeada de libros. No he tenido hermanos, pero en su defecto no he podido tener mejores acompañantes.

Recuerdo la colección que aún conservo y cuido celosamente de El pequeño vampiro de Ángela Sommer-Bodenburg.

Recuerdo estar pendiente de la edición y comercialización de cada tomo y volar a la librería apresuradamente a comprar cada nuevo ejemplar que literalmente devoraba en un par de días de manera compulsiva.

Recuerdo esperar ansiosa a que el comercial del Círculo de Lectores tocase a la puerta para entregarnos el último encargo. Así llegó a mis manos el libro más leído de mi infancia: Nacida en Domingo de Grudun Mebs, que aún duerme en el cajón de mi mesilla junto con Historias sobre ratones de Arnold Lobel. Recuerdo de manera difusa a mi padre leyéndome las pequeñas historias de esta joya de la literatura infantil de la misma forma que Papá Ratón les contaba un cuento a cada uno de sus siete ratoncitos.

Les acompañan Cuento de invierno de Jill Barklem, que aún hoy hace que desee vivir en el Seto de las Zarzas.

 

Sin buscarlo posteriormente, algunos de ellos han llegado a mí de manera casual en forma de nuevas ediciones y se me ha iluminado el corazón al adquirirlos para Julia, sabiendo que de generación en generación este amor no se detiene.

 

A veces miro su estantería y con nostalgia extraño no haber tenido la fortuna de contar con tantos ejemplares coloridos y maravillosos que en casa son considerados nuestros tesoros.

 

 

En la caseta de la librería que frecuento Luz Olier firmaba hoy ejemplares de su último libro, La Danza del Espíritu. He tenido la fortuna de adquirir uno y la oportunidad de charlar con ella sobre un tema que nos une y nos sostiene, sobre nuestra manera de ver la vida: vivir en feminismo. El encuentro ha sido intenso y he conocido a otras mujeres interesantes que sienten y piensan como yo. Me he sentido tan llena de energía, de vitalidad, de sororidad. Tan completa.

 

 

Me consta que este es solo el principio de futuros eventos, reuniones y hermandades de estas mujeres, “Nietas” de la generación del 27 que desprendían vitalidad, serenidad, júbilo y sí, por qué no decirlo,

juventud, una juventud que te atraviesa con sus miradas expertas cargadas de bagajes vitales que sin conocer con exactitud, seguro, han sido duros y emocionantes como lo es la vida.

 

Mientras tanto, Julia escogía libros y con orgullo la escuchaba decirle a Isabel, la matriarca de la librería, que tenía prácticamente todos los que se exponían a la venta en dicho momento en el stand de la feria. Aun así, siempre sale con una bolsa repleta de más títulos que yo. Y eso me hace sentirme inmensamente feliz.

 

Es por ello que reflexiono y pienso cuán importante es el papel de la lectura en nuestras vidas. De la lectoescritura, la educación, la cultura. Su acceso universal supone el pasaporte para la igualdad de derechos, de condiciones de vida y de oportunidades.

 

Tengo sentimientos encontrados. Me siento afortunada por haber sido esa niña criada entre historias que me llevan hoy a escribir estas letras. Me siento triste e impotente porque soy consciente de que miles de millones de niños y niñas en el mundo no tienen ni tendrán las posibilidades que me permitieron ser quién soy, gran parte de ellas debidas a la lectura temprana. Esas niñas y niños que no son Ada. Que no son Julia.

 

Ada Fuentes.

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