Nacer mujer

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Nací a finales de los años 70 en una España aún preconstitucional. En el seno de una familia querida, fruto del amor, y fui criada junto a siete prim@s, seis de ellos varones.

Mi infancia transcurría en los confiados 80, en los que la transición daba paso a una vanagloriada y novedosa democracia con una forma de estado denominada monarquía parlamentaria.

Cuando yo era pequeña, podías jugar en la calle hasta media noche, despreocupada sin control parental. Las pantallas estaban limitadas al horario de dos cadenas públicas de televisión que valoraban la aptitud de los contenidos con rombos.

La mayoría de las niñas y niños regresaban a su casa a comer a medio día desde el colegio. Sus madres esperaban en el hogar. Las familias en las que ambos progenitores trabajaban fuera de casa eran las menos.

Seis primos, de siete. Y una madre que trabajaba y trabaja sin descanso para ellos, sin agradecimiento, sin remuneración. Siete camas, más la de la abuela, comidas, compra, lavadoras… Un padre que se mataba a trabajar como barrendero y heladero haciendo horas extras para sacar adelante a su familia. Una buena mujer. Un buen hombre.

Mi tía es la hija pequeña de mi bisabuela. Nació en 1936, cuando estalló la Guerra Civil Española. Mi bisabuela tuvo seis hij@s nacidos viv@s. Cuatro de ell@s mujeres. De las cuales tres sufrieron algún tipo de violencia machista por parte de sus parejas.

Mi tía abuela Lucía sufrió gran parte de su vida conyugal la humillación de la infidelidad, acompañada de una brutal violencia psicológica. El menosprecio hacia su persona perduró hasta que murió a causa de un tumor cerebral en los años 90. Su sufrimiento fue aterrador.

Mi tía abuela María, de gran carácter, plantaba cara a diario a un esposo alcohólico que ejercía violencia vicaria. Sus hijas crecieron las tardes encerradas en su cuarto, atemorizadas a la espera de la llegada de un padre que las maltrataba física y verbalmente. Todas ellas descansaron cuando él falleció. Hoy se enfrentan a los vaivenes de la vida con gran coraje y optimismo.

Mi abuela tuvo dieciocho embarazos. De los cuales, sólo siete llegaron a término. Sufrió dos abortos ocasionados por sendas brutales palizas a las que se veía sometida al antojo de su maltratador.

La primera vez que sufrí en primera persona la violencia machista, el primer momento de muchos posteriores en los que las mujeres sufrimos esta violencia por el simple hecho de ser mujer fue en el colegio. En el contexto de un juego infantil tres niñas de entre nueve y diez años fuimos encerradas en el cuarto de la limpieza por dos varones, un año mayor que nosotras, que nos acosaron “invitándonos” a bajarnos los pantalones y las bragas. Solo hace menos de un año que he podido verbalizar este recuerdo. Mi memoria lo tenía acantonado, encapsulado, esposado. E incluso, con mi trayectoria vital que se ha desarrollado bajo el paraguas del feminismo…, aún sin saberlo, no he querido ser consciente de ese momento en el que el miedo me paralizó y recorrió mi médula espinal hasta quedar enterrado en mi hipocampo.

Y no me hace falta hacer mucha memoria para saber que la vida que me rodeaba estaba impregnada de violencia: un piropo de trabajadores de la construcción a una niña que se dirige a coger el autobús, un sobeteo y rozamiento a tu madre en la cola del cine, una visita a los servicios sociales del ayuntamiento acompañando a tu vecina anciana cuyo marido gritaba y obligaba a mantener relaciones sexuales sin su consentimiento, cuyo marido la violaba…

Según la Macroencuesta de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género de 2019, 1 de cada 2 mujeres han sufrido algún tipo de violencia machista a lo largo de su vida, un 57’3%, lo que suponen 11.688.411 mujeres mayores de dieciséis años. Además 1 de cada 5 (19,8%) la han sufrido en los últimos 12 meses:

https://violenciagenero.igualdad.gob.es/violenciaEnCifras/macroencuesta2015/home.htm

La mitad de los seres humanos sufren violencia por el simple hecho de ser mujeres, de haber nacido mujeres.

A principios de febrero de 2021, leí en el periódico que la lingüista Estrella Montolío, en el magacín radiofónico “No es un día cualquiera”, comandado por Carles Mesa, que el presentador solicitaba a sus oyentes que completaran a través de mensajes de voz la siguiente frase: “un caso de violencia verbal contra las mujeres se da cuando …”

El resultado fueron cientos de mensajes en los que el discurso oral se transforma en arma arrojadiza contra la mujer. Nos mina día a día sutilmente, desde chiquitas, y supone el terreno de siembra perfecto para el sustrato de la desigualdad, la injusticia y, repito, la violencia que sufrimos desde que nacemos como mujeres, desde que subimos las persianas al amanecer por el simple hecho de serlo.

Violencia verbal. Una de tantas.

https://www.publico.es/culturas/fonoteca-violencia-verbal-mujer.html?utm_source=whatsapp&utm_medium=social&utm_campaign=web

Una conocida mía, licenciada en Biblioteconomía y Documentación me dice “que ella no es machista ni feminista” y que entiende que “ahora con esto del feminismo van a pagar justos por pecadores” y que “las feministas nos metemos hasta en cuestiones de lingüística, cuando si hay alguna duda para designar ‘la’ o ‘le’ siempre nos queda el género neutro”. ¿Podría entonces ella incurrir en el fenómeno lingüístico “loísmo” para evitar el mal uso del castellano? ¿De la misma manera que evita postularse como feminista siendo mujer?

Para Gloria Steinem (Ohio, 1934), icono de la historia del feminismo que formó parte de la segunda ola en su país, mi conocida sería “masoquista”.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-47185833

Han transcurrido pocos días desde el 8 de marzo, el día en el que las mujeres denunciamos unidas e internacionalmente la violencia machista y las desigualdades que sufrimos las mujeres en la sociedad patriarcal.

Después de 164 años de la marcha de trabajadoras por las calles de Nueva York, ciudad testigo de huelgas de mujeres de las fábricas, seguimos reclamando lo que es justo. Lo que nos pertenece. Por ellas. Por nosotras. Por las que vendrán y, sobre todo, por las que ya no están.

En época de pandemia por SARS-CoV2, la violencia machista es la mayor lacra social, la gran pandemia que se extiende de extremo a extremo del planeta. El superlativo de las desigualdades y la violación sistemática de los derechos humanos.

http://abolicionmadrid.com/manifiesto-8m-movimiento-feminista-madrid

Ada Fuentes

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