«Qué lastimita, con la pareja tan mona que hacíais» Playa Medusa

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Gritos de coño en llamas 

Roma, Italia, 2009

 

Nunca me había corrido así. Literal. Era como si el clítoris ocupara toda la vagina, el cérvix, los labios de la vulva. En cualquier posición, dábamos sin querer con un punto en el que rebañar un poco y, ¡chas! me volvía a correr de repente. Era un chaval tan bonito, tan dulce y jugoso, tan como un hogar, que nunca hacía falta hablar ni negociar nada, todo fluía como el mar jónico abrazando un lomo de delfín. Desde la primera noche, no volví a poner los pies en mi apartamento, porque siempre los tenía enredados con los suyos. Me llamaba «chiquilla» y  «agitaná», decía que yo era tan graciosa con mis locuritas.

 

Pasarían meses o años de aroma a mimosín. No me acuerdo bien de cuánto tiempo. Solo me acuerdo del principio, y maldita la hora en que la impronta de aquellos días se grabara en mi cuerpo como una conjugación, pues  se iba a volver mi perdición, mi ruina. 

 

Gritos de dolor y de guerra

Roma, Italia,  2011

 

Las escenas siempre las hacíamos desde sus verbos, bajo su techo, desarropada servidora en el frío de su albornoz mojado. Ese gritaba. Yo lloraba y pedía comprensión, clemencia, un poquito de paz. Ese gritaba más. Y es que, ¿acaso lo importante es el cómo se dicen las cosas? ¿Tan superficial eres, tía? Y eso que vas de sabihonda…

 

Creo que lo que más me dolía era que después de los gritos se pusiera a comer y ver la tele como si tal cosa. Saber que para ese las escenas solo eran un trámite dolía más que los gritos, los insultos, los portazos, las manipulaciones. Dolía más que los arañazos, los cabezazos, los llantos de horas, los pensamientos de muerte que me infringía yo encerrada en el cuarto después. A menudo, en las escenas, ese hablaba de terceros, que si esta no te llama porque eres así y asá, que si mi madre y mi padre equis, que si mi trabajo. Me aserraba las alas y las piernas porque tras el paso de su tifón no me quedaba casi nada de mi integridad psíquica en pie. Porque lo que él decía venía de mi fuente de amor y arraigo, porque lo creía. Porque el pez que va nadando no puede permitirse pensar que el agua esté llena de residuos venenosos sino que solo puede seguir nadando, en el agua que lo mata poco a poco. 

 

Porque yo vivía en su hábitat, porque no había audios de whatsapp, ni casi amigas locales, ni Coral Herrera, ni nada.

 

Estaba tratando de bailar sobre un campanario de hielo. No había opción adecuada. Si callaba, mal; si lloraba, peor. Cualquier cosa que dijera iba a ser usada en mi contra. Se burlaba de mí. Me manipulaba para salir ganando. Esto se volvió normal, y así dejé pasar los años.

 

Lo hice porque la película de los primeros meses se repetía una y otra vez en mi cabeza. Él volverá, me decía, y dejará de ser ese. Ese monstruo. Monstruo psicópata, o similar, seguro.

 

Cuando lo quería dejar, él decía que yo era una cobarde. Él que había creído que yo era una mujer fuerte y no una pija que se va corriendo ante la primera dificultad.

 

Gritos de parto

Bergen, Noruega, 2016

 

Nunca hubo flores ni polvos épicos de reconciliación, ni un solo perdón en diez años. Solo su condescendencia cuando yo regresaba con la cerviz gacha, corderita. La verdad es que ese nunca dudó de sí mismo, mientras que yo nunca dejé de hacerlo, dudar de mí misma. Pero me quise preñar. Eso sí lo tenía claro. 

 

Había sufrido de un frío gélido durante las treinta horas de parto pero ese no hizo nada por evitarlo. El infierno lo han entendido mal. Las llamas, al menos, te tocan la piel. Cuando Bebé atravesó mis entrañas y aterrizó en mi pecho, ese no me miró a la cara. Miraba a Bebé, un segundo, otro, otro más. Y un minuto, y otro. Yo le hablaba y él no respondía. No hubo perlas, ni gracias, ni guau por la hazaña que había realizado. Cuando le pedí un poquito de cariño, me dijo que yo no podía estar siempre pretendiendo ser el centro de atención.

 

Tuve que esperar tres años más para que no me obligaran a separarme del bebé con la custodia compartida desde el nacimiento. Ese me decía que me apartara para poderle sacar fotos a Bebé. Me gritaba sobre el cráneo sagrado de mi hijo por estarle dando el pecho cuando él no lo consideraba oportuno. Pero creo que, en realidad, era peor lo que no hacía. No me tocó en tres años. Para nada. Cuando le pillaba masturbándose con porno en el móvil, me dijo que le entendiera, que con eso de no cuidar mi apariencia, parecía que lo estaba alejando de mí adrede. Él iba más y más al gimnasio. A mí se me iban descolgando las tetas y en una noche de luna negra me rapé la cabeza. Entre otras razones, porque quería volverme de verdad fea, para que al menos algo de todo esto tuviera sentido. 

 

Pero cuando le decía que la relación no daba más de sí, me seguía llamando cobarde y mala. Cómo iba a ser yo tan cruel de hacer que nuestro hijo tuviera padres separados. Ese no quería dejarlo. Ese quería seguir.

 

Silencio

Bergen, Noruega, 2019

 

Una cena de amigas en el momento adecuado. El desgarro de anticiparme a la separación de mi hijo. Y, por fin, lo dejo, un domingo luminoso, sentada en la butaca naranja de fieltro, y ese que me responde: «Muy bien, pues quiero un plan concreto de cómo vamos a hacer con el hijo». No dijo ni diría después nada más sobre nosotros. Pero lo que más me dolió fue tener que decirle que no iba a ir al viaje a Croacia con el que íbamos a celebrar su cuadragésimo cumpleaños. Todavía me desgarra el recuerdo de su ojos contrariados y su voz bonita, dulce, jugosa. Su voz de él.

 

Y luego, pues lánzate a los brazos del público, y a ver si no los apartan ahora. Y cada cual dará lo que pueda. Gente que te salva la vida literal y no lo sabe. Gente que se aleja ante la desgracia. Todo cobra otro sentido. Las tetas cristalizando leche perdida  toda la semana. La nostalgia del cuerpito de amor a tu lado te pone los ojos a arder en la fragua toda la noche. Y levántate y vete a trabajar. Y así. 

 

Y que qué lastimita, decía aquella, con la pareja tan mona que hacíamos. 

@playa_medusa

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